domingo, 31 de mayo de 2009

Leyendo Werther

Se sentó en un banco del parque para continuar leyendo “los sufrimientos del joven Werther”. No llevaba puesto ni el chaleco amarillo, ni la casaca azul, pero le gustaba imaginarse a sí mismo con tan románticas prendas. Se encontraba sumido en su concentrada lectura, justo en el pasaje del regreso del baile, cuando notó que algo del árbol le cayó sobre la cabeza. Instintivamente se llevó la mano al cabello, a la vez que giraba mínimamente la cabeza, lo justo para percibir que ella estaba allí. Se giró, esta vez a conciencia y comprobó que unos metros más allá, tras él, se encontraba sentada en otro banco, la chica con la que todos los días coincidía en el autobús desde hacía tres años. También leía.
Nuestro protagonista, sin ademán alguno, volvió a su posición y trató de continuar su lectura. A duras penas podía concentrarse pensando en el casual encuentro y en la semejanza que ella tenía con Carlota, no solamente en su físico, sino en toda la cristalización de cualidades a cual mejores que su mente había precipitado sobre ella. No habían llegado a intercambiar una palabra, pero él ya sabía que ella era dulce, comprensiva, inteligente, prudente, valiente, entregada, noble,…En definitiva estaba muriendo de amor por ella, igual que el protagonista de su lectura por Carlota.
Así estaba, debatiéndose entre tanto desasosiego, cuando de repente, notó que se acercaba, poco a poco, con suaves pasos, con su vestido azul cuya sombra ya adivinaba. Ahora, aceleradamente, igual que el ritmo de su corazón, trataba de encontrarlas palabras para iniciar su primera conversación, a la vez que comenzaba a levantar la cabeza del libro. Entonces su mirada se encontró con un mendigo, alto y mal trazado, que se había parado delante de él observándolo con atención.
Él se volvió a girar y comprobó que ella ya no estaba. Siguió entonces la mirada del mendigo y se sorprendió al ver que sobre el banco, le habían caído del bolsillo del pantalón unas monedas procedentes del cobro de una porra.
El mendigo entonces caminó un poco hasta sentarse en el banco de al lado. Pero seguía sin quitarle la vista ni a él ni a sus monedas.
Incómodo por ser observado y desilusionado por la desaparición de ella, se levantó recogiendo todas las monedas menos una. Caminó varios pasos y al volver la mirada al banco, observó al mendigo cogiendo la moneda y tumbándose un rato.
Miró el libro y se dijo a sí mismo que el próximo que leería sería Factotum. De repente vio que le seguía un gato.

Escrito por Murray Doherty para Contando que es gerundio.

domingo, 24 de mayo de 2009

Steppenwolf

Ayer reordenando estanterías me topé con dos viejos discos de vinilo de Steppenwolf, el grupo de rock de las décadas de los 60 y 70, autores e intérpretes de la canción "Born To Be Wild" que apareció en la película de Dennis Hopper Easy Rider.

Esta es la portada del disco de 1975.



Esta otra es la portada del doble disco de vinilo LIVE, donde en la pista 4 aparece el tema principal de "Easy Rider". Me gusta esta portada. El lobo es un animal libre, al mismo tiempo que leal con la manada y para ello, como en la imagen, a veces tiene que enseñar los dientes. Pero a diferencia de nosotros, el lobo solo mata para sobrevivir.

El lobo encarna mejor que nadie el espíritu de Easy Rider.
Por eso, Rex, vosotros los canis lupus familiaris, aportáis a los hogares esa vuelta a la naturaleza, ese contacto con nuestros orígenes, que aun sin saberlo tanto echamos de menos en nuestra sociedad en torno a las grandes ciudades.

Por cierto, al volver a ver el comienzo de Easy Reader, vi que la escena que tanto me impactó de Gladiator, donde pasa la palma de la mano por el campo de trigo, para sentir la vida, la naturaleza, está sacada de esta película.



lunes, 18 de mayo de 2009

asleep by the smithes

Comentario de brokentoe que merece una entrada propia.

hoy me preguntaron si me gusta vivir solo. no supe responder, tal vez porque solo podría hacerlo bajo estas condiciones en las que me encuentro en este momento. solo.en todo caso, escribo y percibo a alguien detrás de estas palabras.

desearía poder pedir un favor. tendido en el suelo d mi casa. tumbado, no de rodillas, pero sí en tono de súplica. "canta, tararea hasta q duerma. y vete de puntillas cuando lo haya hecho, pq pese a q te le estoy pidiendo, no soportaría darme cuenta q lo haces."y en ese mismo suelo d mi casa, en esa habitación sin bombilla, en la q fue de noche de forma continua, descubrí q si corría las cortinas, penetraba tanta luz, q era posible, percibir la esencia del mundo del q había huido horas antes.y contesto aunq en voz baja, desearía sentir q la televisión no está puesta gastando luz inútilmente en el salón.

domingo, 3 de mayo de 2009

Octavio Paz

Intercalar de vez en cuando poesía en la vida es una sana actividad para la mente. Así me tropecé con este poema que no me dejó indiferente. Es de Octavio Paz, dentro de Libertad bajo palabra.



LA CALLE

Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está obscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en las esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.



Como toda obra de arte, la poesía está sujeta a interpretaciones. En cualquier caso yo veo muy patente la soledad y la rutina. El aislamiento en uno mismo.
Si pasáis por aquí me gustaría conocer vuestra opinión.

viernes, 1 de mayo de 2009

Cita en Samarra

Me tomo unas vacaciones con la novela de Thomas Mann, La Montaña Mágica. Voy más o menos por mitad del libro, por la página 500. No sé si alguien que me esté leyendo, habrá leído la famosa novela. Yo tengo sensaciones contradictorias. Sí que estoy disfrutando con el libro, pero no creo necesario 500 páginas para situar al lector en donde estoy ahora mismo. En cualquier caso es un periodo de descanso tras el cual reanudaré la lectura hasta el final. En ese momento escribiré sobre ella.
Ahora comienzo a leer la novela de John O'Hara, Cita en Samarra. Previo al primer capítulo, hay un relato breve de W. Somerset Mugham, que es de donde toma el título la novela, que dice así:
Había un mercader en Bagdad que envió a su sirviente al zoco a comprar provisiones. Al cabo de un rato, el criado volvió pálido y tembloroso, y le dijo: "Amo, cuando estaba en el zoco, una mujer me dio un empujón y al darme la vuelta vi que se trataba de la Muerte. Me miró e hizo un gesto amenazador; por favor préstame un caballo para que huya de la ciudad y escape a mi destino. Iré a Samarra y allí la Muerte no podrá encontrarme". El mercader le prestó su caballo y el sirviente montó en él,le clavó las espuelas en los ijares y partió a todo galope. Luego el mercader vino al zoco y me vio de pie entre la multitud, se me acercó y preguntó: "¿Por qué le hiciste a mi criado un gesto de amenaza esta mañana?" "No era un gesto de amenaza -le contesté-, sino de sorpresa. Me extrañó verlo aquí en Bagdad, pues hoy por la noche tengo una cita con él en Samarra."
Me pregunto hasta qué punto podemos evitar nuestro destino, o si tratando de cambiarlo, no hacemos otra cosa sino precipitarlo. En cualquier caso Cita en Samarra es una novela que promete.

jueves, 23 de abril de 2009

La alegria perfecta


Paseaba un hombre una noche bajo la lluvia. El agua caía suavemente, resbalando sobre su piel y empapando sus sentidos. El frío comenzaba a dejarse sentir. Una sensación de vacío le agujereaba el alma.

Un perro caminaba a su lado.

El perro le miraba girando los ojos sin levantar la cabeza y le seguía. Esos ojos tan familiares. La sensación de vacío iba desapareciendo. No estaba solo. Pensaba en el éxito que siempre había buscado. En el reconocimiento de los demás que nunca llegaba. En la búsqueda en su interior. En ese instante lo único cierto del mundo era que el perro le seguía.

Estaban calados y cansados y no sabían a donde iban. Al hombre se le desdibujaba de donde venían, pero comenzaba a sentirse mejor. Comenzaba a descubrir la alegría perfecta.

lunes, 13 de abril de 2009

La cabaña (por Manuel Vicent)

Dijo Pascal que todo lo malo que le había ocurrido en la vida se debía a haber salido de su habitación. Se trata de un pensamiento muy certero, porque, bien mirado, todos los problemas que uno arrastra a lo largo de los años se derivan del hecho de haber abandonado aquella cabaña que un día montó en el jardín cuando era niño. El mito de la cabaña sigue teniendo hoy una fuerza extraordinaria. No hay escritor, artista famoso, político, hombre de negocios o banquero sacudido por el estrés que no sueñe con retirarse durante un tiempo a vivir en una cabaña lejos del mundo. Existen cabañas de muchas clases, según el subconsciente de cada uno; las hay de indio apache, de pastor, de leñador del bosque, de pescador escandinavo, de expedicionario perdido en el desierto, de náufrago en una isla de los mares del sur. Otras adoptan la forma de castillo medieval, con almena o sin almena, recias e inexpugnables. En todos los parques públicos y en los jardines de infancia se montan cabañas para que los niños jueguen a esconderse o a protegerse de unos enemigos imaginarios. Algunas son muy lujosas, pero ninguna se parece a aquella tan maravillosa y rudimentaria que construimos, cuando éramos niños, con cuatro palitroques y una empalizada de cañas en el desván, en el patio o entre las ramas de un árbol. La seguridad que nos daba aquella cabaña se perdió junto con nuestra inocencia. Un día dejamos de jugar. A partir de ese momento quedamos desguarecidos, solos en la intemperie, lejos del mundo de los sueños, frente a unos enemigos reales. Es evidente que estamos rodeados de basura por todas partes. A cualquier hora del día nunca deja uno de ser agredido por la sucia realidad, por un acto de barbarie o de fanatismo. Pero existen seres privilegiados, que son capaces todavía de montar a cualquier edad aquella cabaña de la niñez en el interior de su espíritu para hacerse imbatibles dentro de ella frente a la adversidad. Si uno la mantiene limpia es como si estuviera limpio todo el universo; si en su interior suena Bach la música invadirá también todas las esferas celestes. Este reducto está al alcance de cualquiera. Basta imaginar que es aquella cabaña en la que de niños nos sentíamos tan fuertes.
Publicado en El País el 12/04/09

Me quedo con la frase "Si uno la mantiene limpia es como si estuviera limpio todo el Universo..." Mi cabaña está limpia y escribo este blog dentro de ella, más bien este blog forma una pequeña parte de ella. Otra parte importante de mi cabaña la conforman mis libros. Ahora mismo me he atrevido con La Montaña Mágica (Thomas Mann). Voy por un tercio de sus más de 1.000 páginas. Me engancha especialmente el enamoramiento de Hans Castorp hacia madame Chauchat. Creo precisamente que Hans ha encontrado en el sanatorio de La Montaña Mágica esa cabaña que perdió a temprana edad con la muerte de sus padres.
El próximo libro que quiero leer y ya lo tengo en la estantería es Carlota en Weimar (Thomas Mann). No tengo ni idea de lo que me voy a encontrar. El libro ha sido un regalo. Hace más de veinte años, me deleité con Werther, así que será una experiencia interesante.
También tengo a mano y con ganas de leer el libro de Sherwood Anderson titulado Winesburg, Ohio. Es curioso, o quizá simple, pero reconozco que me atrae el título.
El libro que acabo de leer es Corre, Conejo de Jhon Updike. Lo comencé leyendo como comedia y ha resultado ser el gran drama de la vida. Conejo corre para escapar de la trampa en la que se encuentra, para caer a la primera de cambio sin darse cuenta en otra trampa idéntica a la que escapó, con lo cual la novela acaba con un Conejo que vuelve a correr pero esta vez totalmente desorientado.
Si pasáis por aquí, bienvenidos a mi cabaña. Si me lo permitís buscaré las vuestras.
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